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VIOLENCIA ESCOLAR.

Definición de un problema complejo

En diversos sectores de la sociedad es una queja constante el problema de la violencia, la inseguridad y los hechos delictivos que se reportan de manera cotidiana en varias partes y a todas horas en el país.

En este contexto, el espacio escolar no es la excepción y la violencia va en aumento. La violencia escolar la podemos definir como cualquier relación, proceso o condición por la cual un individuo o grupo viola la integridad física, social y/o psicológica de otra persona o grupo en el espacio educativo, generando una forma de interacción en la que este proceso se reproduce. En otras palabras, es obligar a otra persona –utilizando la fuerza o la amenaza– a realizar un acto o a tomar una decisión en contra de su voluntad.

Miles de alumnos viven condiciones que constituyen formas de violencia incorporadas a su vida cotidiana; es un problema creciente que está afectando el desempeño escolar de los niños y jóvenes, pues han tenido que entrar en una nueva dinámica que en lugar de garantizar su tranquilidad, les ocasiona un desequilibrio en sus actividades de enseñanza-aprendizaje.

El hermetismo de las instituciones impide que se den a conocer con mayor difusión los acontecimientos que ocurren en su interior. Sin embargo, una mirada atenta al funcionamiento de la escuela muestra que en el cumplimiento de sus propósitos se ha incorporado más violencia de la que se reconoce. Visto de otra forma, algunas de las actitudes que se registran hoy en nuestro país son el resultado del poco éxito de los actores que intervienen en la formación de nuestros jóvenes –sin ser el único, claro está– para remediar la violencia desde sus raíces.

La pobreza, el desempleo, la falta de alimentos, el alcoholismo y la drogadicción son generalmente identificadas como las "causas" de la violencia, pero en realidad deben considerarse como factores que concurren a la generación de ella, manifestándose, ya sea material o simbólicamente, a través de los golpes o bien de la segregación. Este tipo de hechos violentos, por lo general, tienen su inicio en relaciones familiares y escolares caracterizadas como violentas, que van formando patrones de interacción y aprendizaje para la solución de conflictos por parte de los sujetos que las han sufrido en su niñez; de ahí la importancia de atender a lo que sucede en nuestros planteles de educación básica y media del país.

La escuela, tal y como funciona en nuestro país, es un espacio que debe utilizarse de forma más intensiva para dar al futuro ciudadano una formación cívica que le permita vivir en una sociedad democrática. Muchas de las experiencias aprendidas en las aulas están con frecuencia en contraposición con los valores democráticos, es decir, con valores que privilegien el diálogo y fomenten actitudes encaminadas a promover la responsabilidad de las decisiones propias, así como con la participación en la sociedad, lo que se traduce en una tendencia que refuerza aspectos autoritarios de la formación recibida en el hogar, y no es muy difícil suponer que estas actitudes tengan una influencia decisiva para el ciudadano adulto en su desarrollo, comprensión y práctica de valores democráticos.

La escuela panameña debe ser el semillero democrático para la formación de una ciudadanía participativa que maneje un discurso antiautoritario y en el que se practiquen formas de convivencia armónica y tolerante, y no la podemos convertir en un campo de disputa y negociación en el que prevalece más violencia de la que se supone existe.

La violencia escolar es un fenómeno que debe ser asumido de manera conjunta por la sociedad civil, las autoridades educativas, los docentes, los padres y los propios alumnos, que tienen derecho a ejercer su voz para establecer acciones preventivas, más que correctivas.

El estudio de la violencia debe servir para comprender algunas dinámicas que se presentan en la escuela, y es una oportunidad para que la institución se convierta en un espacio a partir del cual se generen nuevas estrategias y relaciones de convivencia. Sin embargo, ante un tema tan complejo aparece una enorme dificultad. Por un lado está la tendencia a la resignación, y en el peor de los casos a negarla como problema grave y latente, y por otro, un esfuerzo centrado en desentrañar los ambientes y dinámicas escolares con la finalidad de producir un cambio, mediante el acuerdo de voluntades conscientes y dispuestas a modificar las condiciones que posibilitan la violencia, empezando desde la escuela, las aulas y el trabajo docente cotidiano.


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