Casi todos los filósofos y sociólogos, resumen la definición de demagogia como el desbordamiento o la degeneración de la democracia. Siempre he visto a la demagogia como ese halago adulador a las clases más humildes de la sociedad. Es contentar y apaciguar el ansia triste y desesperante de los pobres dándoles esperanzas que difícilmente se harán realidad.
Demagogia es el arte burdo o refinado de decir mentiras. Y esta demagogia no es exclusiva de determinados hombres o de algunos personajes políticos. Lo mismo la practican los demócratas que los comunistas; los que nada creen que los que todo lo creen. Pareciera que la demagogia es esa varita mágica del que dice desear hacer realidad todo lo que le piden a sabiendas de que no puede hacerlo.
La demagogia es la máscara histriónica del pésimo actor y el afrodisíaco de los malos políticos, solo que ya los disfraces se han agotado y la gente los conoce todos y saben que los afrodisíacos no curan la impotencia.
¿Y quién será, entonces el demagogo? Pues el que se vale de la demagogia para engañar al pueblo con el propósito de conseguir su propio provecho y salvaguardar sus intereses personales. Es el que disimula la defensa de su causa individual con la pretendida lucha por la causa de todos. Aquel que se vale de promesas vanas para confundir y aprovecharse de aquellos que de él esperan obtener un bien o una recompensa.
Ha sido harto conocido que los demagogos se alimentan de las desgracias de los pueblos. Y es en la política partidaria por el poder, donde germina, crece y se desarrolla el virus maligno que enferma a muchos hombres y mujeres mezquinos y codiciosos que se valen de una buena oratoria (el arte de hablar bien en público) y artificiosos procedimientos para engañar al pueblo que espera de él, la solución a sus problemas.
Aristóteles, el sabio filósofo griego en su obra Política de los atenienses o Constitución de Atenas (343 AdeC), encuadró muy bien a los demagogos dentro del conflicto político, social y económico de los pueblos cuando declara acertadamente que: “Los demagogos solo aparecen donde y cuando la ley ha perdido su soberanía”. En solo unas cuantas palabras el sabio filósofo griego ha resumido todas las verdades acerca de los demagogos. Pero no es solamente el imperio de la ley justa, ecuánime y correctamente aplicada la que obstaculiza la acción del demagogo sino, también, la existencia del bienestar en la salud, la paz, el trabajo y la seguridad social de una nación. Soy de la opinión que en ese ambiente el demagogo no prospera, se estrella y termina por extinguirse y desaparecer. Pareciera ser utópica esa situación de relativa prosperidad, pero no imposible cuando los pueblos eligen y sostienen en el poder a los rectilíneos gobernantes. Porque sí hay rectilíneos gobernantes… muy escasos, pero los hay.
Corresponde, entonces, a esos gobernantes rectilíneos hacer causa común con los panameños honrados e idealistas que no se dejan engañar de los políticos demagogos. Basta ya de elegir a políticos ambiguos y solapados que engañan a la gente con una “oratoria barata”, con disfraces de ovejas buenas, o de monjitas de la caridad.
Ya es hora de que los electores sepan identificarlos para que no se reelijan ni elijan a los que se han descuidado a lo largo de su vida pública y privada dejando que se les asome el rabo sucio e indeseable de la corrupción, el peculado, la mentira y la deslealtad.
Los panameños merecemos un destino mejor, un gobierno justo, verdaderamente democrático, dirigido por gobernantes serios, honestos y capaces, por verdaderos estadistas y no demagogos baratos. Ya hemos pasado suficientes vicisitudes donde la constante ha sido el desastre, el deshonor, la traición, el fracaso gubernamental, la proliferación del delito y el crimen, promesas no cumplidas y burladas, donde lo único que ha progresado es la corrupción y el despilfarro.
