Según los expertos en el tema de la ocupación de tierras, esta práctica se ha intensificado desde hace 20 años debido al aumento de la población y a la falta de viviendas para las familias de escasos recursos.
El papa Francisco ha dicho que hoy día surgen escándalos con la pobreza, cuando se promueven “estrategias de contención”, para utilizar y convertir a los pobres en “seres domesticados”. Explica que es triste ver que detrás de supuestas obras altruistas se reduzca a la persona a la pasividad, utilizando su pobreza para negocios y ambiciones personales. “Nunca olvidemos –dice Francisco– que Jesús nació en un establo, porque no había lugar en el hospedaje; que su familia tuvo que abandonar su hogar y escapar a Egipto, perseguida por Herodes”.
Hace unos días, en las riberas del río Tapia, que divide los corregimientos de Pedregal y Las Mañanitas, los sin tierras, sin techos y sin voz ocuparon terrenos que permanecían baldíos y ociosos durante años; lotes que al parecer representaban un peligro para las comunidades cercanas. Con esfuerzo, los ocupantes levantaron pequeñas moradas para refugiarse con sus hijos. Los niños iban a escuelas como la Ascanio Villalaz de San Joaquín, y jugaban con los del asentamiento Cristo Rey, en una cancha de fútbol, en el sector 9 de Las Mañanitas. Tenían la esperanza de que el Estado les diera una oportunidad, en virtud del eslogan politiquero: “El pueblo primero”. De repente, en horas de la madrugada del pasado 30 de marzo aparecieron los “dueños” de esos terrenos, con policías y autoridades, sembrando el terror, sin importarles que más de la mitad de esa población pobre estuviese conformada por niños, mujeres y ancianos, muchos de ellos enfermos. Acostumbrados a maldecir a los pobres, los satanizaron, como “delincuentes”, pero sin encontrar a ningún prófugo de la justicia, ni drogas o armas.
Muchos de los pobres que ocupaban esos terrenos –y que ahora están en albergues– son panameños que trabajan por cuenta propia, por eso no tienen acceso a créditos en bancos y, por ende, no pueden financiar una casa digna que, como han dicho, estarían dispuestos a pagar.
Pudimos ver a través de las televisoras cómo pasaban los tractores destruyendo aquellas humildes casas y aplastando a las mascotas, mientras los niños lloraban, aterrados. No hubo una orden de desalojo, no se comunicó previamente ni se les ofreció garantías a estos pobres. Los destructores llegaron en la oscuridad, sembrando el terror sorpresivamente. El debido proceso se vició de manera flagrante. Pido ¡justicia y respeto para los pobres!