Hace más de un año me dispuse a no responder más a los artículos inquisidores de mi estimado hermano, el doctor Xavier Sáez–Llorens, pero por el respeto que se merece la opinión pública y los controvertidos comentarios suscitados a raíz de la visita del padre Fortes me siento en la obligación moral de hacer algunas clarificaciones en honor a la verdad.
Coincido en términos generales con algunas de sus observaciones sobre la presencia del maligno en ciertas esferas del quehacer social, político, judicial y ¿Y por qué no? también religiosa. Y es que la mayor vergüenza de los cristianos se manifiesta en la triste división provocada por el diábolos que traducido del griego significa precisamente el que divide o se atraviesa.
Si yo me pusiera ha expresar opiniones categóricas en un campo específico de la medicina sin ser un experto en la materia cometería graves imprecisiones. Hablar de materia de teología y del mundo espiritual desconociendo su trascendencia es coincidir con lo que la Biblia habla de insensatez. "Dijo en su corazón el insensato: ¡Mentira, Dios no existe!" (Salmo 14.1).
Mi querido doctor habla "de la nostalgia medieval a la que nos enfrentamos en la actualidad" como consecuencia de la supersticiosa sociedad en que vivimos. Se olvida que desde que el hombre existe ha confrontado la verdad del bien y el mal.
El problema del mal en el mundo es un asunto que no solo se admite en el campo de la fe. El terrorismo, el narcotráfico, la violencia social por falta de trabajo, la corrupción galopante son encarnaciones del mal. Pero cuando le compete a la reflexión teológica hablar sobre esta realidad se fundamenta en la Sagrada Escritura. Las tres grandes religiones monoteístas, el judaísmo, el cristianismo y el islamismo, abordan la existencia del Diablo.
Para el cristianismo las referencias bíblicas son sobradas, pero basta con citar dos textos: "Jesucristo se manifestó para deshacer las obras del diablo" (1Jn 3,8). El apóstol San Pablo, cuyo ministerio se ejerció en plena cultura griega romana, cuna de grandes filósofos y hombres de ciencia de su época, llegó a decir: "Tengan siempre en la mano el escudo de la fe y así podrán atajar las flechas incendiarias del demonio". (Efecios 6.16).
Cuando nuestro Señor enseñó la oración del Padre Nuestro concluyó con una petición dramática: "No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal". ¿De qué mal hablaba?, precisamente del maligno.
La Iglesia católica cree y enseña que el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el maligno, el ángel que se opone a Dios. El "Diablo" (dia-bulos) es aquél que "se atraviesa" en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo. (Catecismo No. 2851). Pablo VI, mucho antes que Xavier Sáez–Llorens, dijo en noviembre del año 1975 que el Maligno incide en muchos campos. Ser "pervertido y pervertidor". Juan Pablo II en varias de sus instrucciones abordó este espinoso tema. Su mayor exorcismo fue precisamente con la fuerza de su fe derrumbar la arrogancia del sistema marxista leninista de su Polonia natal y luego del bloque soviético.
Por más de 80 años el régimen comunista pretendió con la política satanista de Stalin acabar con la fe ¿Cuál ha sido el resultado? Pasar revista de todos los sistemas e ideologías políticas que como encarnación del mal quisieron ahogar la fe y exterminar la Iglesia para siempre no ha hecho más que propagar la verdad de Jesucristo.
Hace pocos domingos se dio un hecho inédito en la lista de los mártires de la Iglesia, 489 nuevos beatos. Todos víctimas de la absurda guerra civil española. Murieron sin odio y perdonando a sus victimarios, tal como lo debe hacer todo auténtico cristiano.
Es por ello que frente a los violentos ataques de un agnóstico o de un ateo práctico no cabe más que nuestra sincera bendición y perdón. Algún día nuestros adversarios entenderán que estas no son meras palabras.
Todos los que se afanan por buscar la verdad la encontrarán. El que yo no crea en ciertas cosas, no es garantía de que tenga la plena verdad.
Cada quien es libre de hacer la opción de vida que le plazca, pero hemos de ser responsables y consecuentes. Emitir juicio sobre creencias que no profesamos de forma irrespetuosa es caer en la misma intolerancia que reprochamos a los demás.
Un último aspecto que quisiera resaltar en este artículo es que en el mundo espiritual, concretamente de los espíritus malignos, no se debe olvidar que su rebelión es fruto de su liberalidad, es decir, eligieron ser malos. Más aún, conocedores de la existencia y bondad infinita de Dios intentan de muchas maneras inspirar la maldad en el pensamiento humano.
En ellos ya no existe la nobleza ni la bondad. Se alimentan del odio, el terror, la mentira y lo encubierto entre otras cosas. "Sean sobrios, y estén vigilantes porque su enemigo, el diablo, ronda como león rugiente buscando a quién devorar". (1 Pedro 5.8). Ellos y lo decimos en plural son entidades que también creen en Dios, pero optaron por ser sus adversarios. Así lo afirma la Santa Palabra: "Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen y tiemblan". (Santiago 2.19).
No espero que con este escrito los que han optado en ser no creyentes acepten la doctrina de la Iglesia. Pero sí es mi tarea orientar a los débiles en la fe, para que no sean sacudidos por la confusión de su credo. Finalmente unas palabras contundentes: En el mundo seremos probados y tentados, pero tengamos valor, el amor de Dios manifestado en Cristo ha vencido el mal.
