El pueblo israelita o judío de los tiempos de Jesús esperaba un Mesías. Y ciertamente había habido muchos. Como la expectación mesiánica hablaba de un líder o salvador, gran parte de esta expectación se orientaba hacia aquellos héroes populares que se levantaban para liderar al pueblo en alguna lucha o sacarlo de alguna desgracia nacional. Era, por tanto, en la imaginación de la gente, un mesianismo político y temporal. El mismo Barrabás líder guerrillero contemporáneo de Cristo, parecía alguno de aquellos liberadores. ¿Cuál sería el verdadero? ¿Quién aquel al que se habría de llamar el Deseado de todas las naciones?
Jesús de Nazareth no parecía ser el hombre indicado. No a primera vista: no era un caudillo político, era un hombre de paz, predicaba el reino de los cielos... Pero muchos olvidaron que, para descubrir al Mesías la clave fundamental era seguir las Escrituras. En el Mesías tenían que cumplirse todas las profecías dadas para él en lo que los cristianos llamamos el Antiguo Testamento.
Efectivamente, en Jesús se cumplieron todas las profecías dadas para el Mesías por los profetas en el lapso de once siglos. Se nos dice:
a) Que nacerá de la estirpe de Abraham (Gen.22:18), a través de Isaac (Gen.26:4), de Jacob (Gen 28:14) y de Judá (Gen. 49:8). Y entre la multitud de familias de la tribu de Judá se nos dice expresamente que nacerá de la familia de David (Ps. 88)
b) El profeta Daniel anuncia el tiempo concreto en que sobrevendrá la muerte del Mesías (Dan. 9:24-26). Miqueas nos dice que nacerá en Belén (Miq.5:2), y Zacarías, que será vendido por treinta monedas de plata, con las cuales se comprará después el campo de un alfarero (Zac.11: 12-13)
c) Isaías, llamado con razón el protoevangelista- anunció ocho siglos antes que el Mesías sería contado entre los malhechores y puesto entre ellos (Isaías, 53:12); que sería azotado, abofeteado y escupido (Is.50:6) y condenado a muerte (Is.53:8).
d) En los Salmos del rey David, mil años antes, se nos anuncia que lo despojarán de sus vestiduras y echarán suertes sobre su túnica (Ps.21:19); que le taladrarán las manos y los pies (Ps.21:17); que teniendo reseca la lengua y pegada al paladar por el tormento de la sed (Ps.21:16) le darán a beber vinagre (Ps.68:22), y que, viéndole atormentado, se mofarán de El y, moviendo sus cabezas, dirán: Esperó en el Señor; que le libre, que le salve ahora (Ps.21:7-9).
Todo esto se cumplió al pie de la letra en la persona de Jesús.
Dice un experto en el tema, Antonio Royo Marín, op, que La profecía que tenga por objeto un futuro contingente que no dependa de las leyes de la naturaleza, sino de la libre voluntad de los hombres, escapa en absoluto a la previsión humana. Su anuncio con toda seguridad y firmeza, junto con su exacto cumplimiento, es un milagro moral que pone de manifiesto la intervención divina.
Pero no solo se cumplieron todas las profecías en Jesús, sino que El mismo profetizó lo siguiente:
1. La traición de Judas (Mt.26:21-25)
2. La triple negación de Pedro (Mt.26:34)
3. La dispersión de los apóstoles (Mt.26:31)
4. Su propia pasión, muerte y resurrección (Mt.20:18-19).
5. Las persecuciones a los apóstoles (Mt. 10: 17-33)
6. La destrucción de Jerusalén (Lc.19:43-44).
7. La perennidad de su Iglesia (Mt.17:18).
¿Por qué un hombre que gozaba de un poder profético extraordinario, y que defendía ser uno con el Padre y ser enviado por El, limitó su misión evangelizadora a los judíos y no la extendió al ámbito de los gentiles?
Jesús predicó solamente a los judíos para mostrar, dice santo Tomás de Aquino, que en él se cumplían las promesas mesiánicas hechas a los judíos y no a los gentiles, aunque estos fuesen llamados después a la salvación. Y para que aquellos judíos que le recibieron y estaban más conscientes de la fe recibida de sus padres, le confesasen después ante la gentilidad (el resto del mundo). También para quitar cualquier pretexto de calumnia, de quienes pudieran aducir que no visitó a su pueblo escogido. Y porque fue en la cruz donde mereció como hombre el dominio sobre todas las gentes, y por eso no quiso antes de su pasión predicar entre los gentiles. Pero después, envió a sus apóstoles a predicar su Evangelio por todo el mundo.
¿Por qué fustigó duramente a los escribas y fariseos que representaban en ese momento la religión?
Porque combatían su doctrina, porque daban mal ejemplo, porque lo llamaban endemoniado, porque el pueblo no cayese en los errores de aquellos.
¿Por qué le hablaba en parábolas al público en general?
Si bien es cierto, Cristo explicaba algunas cosas a sus discípulos en privado, después les mandaba a enseñarlas públicamente. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo a la luz; y lo que os digo al oído predicadlo sobre los terrados (Mt.10: 27). Pero si bien a sus apóstoles, y a los que hacían un esfuerzo personal por comprenderle y buscarle, en fin, a los que se interesaban en su enseñanza (caso del fariseo Nicodemo) explicaba sus parábolas, a la generalidad de la gente no, bien porque no eran capaces de comprenderle a causa de sus prejuicios mesiánicos (esperan otra clase de Mesías, según vimos), o no lo merecían por su incredulidad obstinada. Ya Jesús había advertido a los apóstoles: No echen perlas a los cerdos. Una advertencia para los incrédulos de todos los tiempos. Y sin embargo, por su misericordia, era mejor que les enseñase de ese modo, y no que quedasen totalmente en la ignorancia de su doctrina.
¿Por qué circunscribió su magisterio a la enseñanza oral y no escribió nada?
Santo Tomás de Aquino, uno de los principales maestros de la Iglesia, enseña que a más alto doctor corresponde más alta manera de enseñar. Ese el caso de Cristo, quien enseñó del modo más excelente: imprimiendo la doctrina en el corazón de sus oyentes. Por otra parte, sostiene el Angélico, la excelencia de la doctrina de Cristo no puede encerrarse en un libro ni en todos los libros del mundo. Ni podía dar pie a los que le leyesen (caso de haber escrito algo) que a un libro se redujera toda su enseñanza. También para que su doctrina llegase a nosotros por medio de sus apóstoles, según su expresión quien a vosotros oye, a mí me oye (Lc. 10:6).
Por último sepamos que este maestro enseñó siempre con la máxima autoridad. Y la gente se maravillaba, pues no tenía que acudir al testimonio o mandato de Abraham, o de Jacob, ni al de Moisés, sino que decía: Habéis oído que se dijo a los antiguos, pero yo os digo. Y antes de que Abraham existiese os aseguro que Yo soy. Herético para los oídos de gran parte de sus contemporáneos... pero Redentor para los que creen en El.
