Ha llegado el inicio de otro año escolar. La incertidumbre se cierne sobre el proyecto educativo 2010. Y como otras veces, hay más preguntas que respuestas. Más allá de un escenario en el que buscar soluciones para mejorar el sistema educativo nacional debería ser el motivo principal de toda actividad, parece que nos preparamos para una medición de fuerzas.
De un lado del escenario, las autoridades del Ministerio de Educación insisten en que la transformación curricular va a empezar, no importa que agentes tan importantes en el proceso educativo como padres de familia y educadores no conozcan en esencia los cambios operativos.
Basta citar un ejemplo, para creer definitivamente que se trata de una tragicomedia. Los nuevos bachilleres tendrán en X grado una hora más de Español a la semana, es decir, la carga horaria pasa de cuatro horas semanales a cinco.
¿Saben ya los docentes de las escuelas “piloto” cómo se ha modificado la programación curricular ahora que disponen de una hora de clases más? ¿Bastará la semana de organización para capacitar al respecto?
De otro lado, creo que vivimos una crisis de dirigencia; no es posible que en tantos años de lucha combativa nos hayamos dedicado a señalar los males de todas las reformas presentadas sin que atinemos a proponer alternativas viables. Comprendo perfectamente los peligros que para la estabilidad laboral del docente supone el reordenamiento de asignaturas y cargas horarias y, por ello, critico el hermetismo y ambigüedad de lo que se está planteando.
Ningún educador en este país se ha preparado para desempeñar labores administrativas, ni creo que el Estado deba pagar por un trabajo meramente administrativo un salario de docente, pero tampoco puedo aceptar que sólo levantemos el dedo para señalar y no para construir.
A simple vista parecería un enfrentamiento de poderes entre quienes desean ofrecer a la sociedad panameña algunos cambios en materia de educación, cambios que como es normal en esta área de la vida nacional, deberían ser paulatinos y ampliamente consultados, y entre aquellos que con justa razón ven un atentado a su estabilidad.
Hay tal incredulidad en la sociedad panameña, que se ha desvirtuado el valor semántico de las palabras promesa y compromiso. Como espectadores del espectáculo, lloramos y reímos. No sé si haya motivos para el aplauso final. Al igual que muchos panameños, no creo que todas las escuelas estarán reparadas y en condiciones óptimas para el día 8 de marzo, no creo que todos los docentes estarán nombrados, y no creo que la única solución sea la huelga.
En medio de todo este montaje, sigue, como adormecida, la indefensa población panameña, esa, la del pueblo, a la que dizque le toca ahora, la que no puede costearse la educación particular.
El presupuesto de educación es tan grande que no pueden evitarse los apetitos voraces ni las tentaciones y esto siempre levanta suspicacias.
Ojalá el ensombrecido panorama que se nos presenta sea sólo el primer acto de una tragicomedia, ya muy antigua, pero que cada año se renueva inexorablemente, sin importar cuántos cambios positivos nos prometan cada cinco años.
Ojalá los próximos actos de esta tragicomedia nos lleven a un final más cómico que trágico. En educación hay demasiada gente mirando hacia otra parte, mientras por allí se desangra la patria.

