Durante varias generaciones, los panameños nacimos y crecimos tomando la mejor agua del mundo. Y así lo contaban nuestros antepasados cuando se referían al “Champagne de América”, un agua limpia, sin olor ni sabor, pura agua cristalina.
Hoy día el agua que circula por las tuberías es muy diferente a la de aquellos tiempos. Con frecuencia ni siquiera hay agua y cuando hay la calidad no es buena, algo similar a lo que ocurre en otros países. Por ejemplo, en Estados Unidos, el 70% de la población toma agua con filtro o embotellada, porque no confían en las empresas potabilizadoras. Y Canadá y España son líderes mundiales en consumo per cápita de filtros purificadores de agua.
La única similitud que pudiera tener Panamá con New York, Madrid o Montreal es el deterioro de sus cañerías. La última vez que se hicieron mejoras al viejo acueducto de la capital fue en 1974. Por razones presupuestarias, la actual estrategia del Idaan es producir volumen, no potabilizar calidad. Simplemente, sus tareas han perdido el foco y están disipadas en un mar de esfuerzos por obtener recursos. Su principal problema sigue siendo la turbiedad y los sólidos suspendidos como consecuencia de la sobreproducción, y la saturación de cloro y químicos orgánicos que alteran la calidad e inocuidad del agua.
Desde hace años el Idaan no realiza análisis periódicos del agua porque los reactivos son caros. Tampoco audita la calidad de las tuberías, a pesar que los contratistas alteran las especificaciones para ahorrar costos. Y nunca faltan los ignorantes que recomiendan hervir el agua, como si esto potabilizara el líquido y eliminara los metales pesados y el lodo.
El cloro se utiliza desde principios del siglo pasado para potabilizar el agua, pero igualmente desde los años 20 comenzó el crecimiento anormal de tumores en la población. El cloro desinfecta el agua, pero sus subproductos son tóxicos y producen cáncer. Igual ocurre con muchos productos orgánicos utilizados para la floculación y la sedimentación. Nadie puede ocultar que las incidencias de cáncer y enfermedades gastrointestinales son cada vez más altas.
Tampoco es sorpresa que en los últimos años ha crecido una industria y se ha creado un producto impensable hace una generación atrás: el agua embotellada. Pero ni siquiera así nos hemos librado del agua mala porque ya hay casos de denuncias en los que el agua embotellada se obtiene del mismo grifo o simplemente está contaminada. Lo justo sería que las autoridades protejan al consumidor de este tipo de negocios que solo benefician a unos pocos.
En pruebas químicas realizadas se ha encontrado trazas de arsénico, radón y subproductos de cloro (triclorometano), así como nitratos, material fecal, plomo, sulfatos, herbicidas y pesticidas. En pruebas bacteriológicas se ha detectado virus y parásitos como el cristoporidiun y la giardia lamblia. Por tanto, es urgente que el Ministerio de Salud y el Idaan informen a la población las respuestas a las siguientes interrogantes: ¿Qué incidencia tiene la calidad del agua en el aumento anormal del número de cáncer y crecimiento de tumores? ¿Cada qué tiempo analizan la calidad del agua, y si estas cifras son corroboradas por laboratorios independientes? ¿Cada qué tiempo monitorean la presencia de materiales radioactivos en el agua? ¿A cuánto asciende el negocio del agua en Panamá y si éste cumple con los estándares de calidad necesarios para dicha actividad?
Estas respuestas ayudarán a aclarar la realidad, pero no la percepción –¡que es lo que cuenta ante la opinión pública!– de un agua limpia, sin olor ni sabor, pura agua cristalina escosa del pasado. Causa nostalgia y tristeza pensar que Panamá tuvo una vez la mejor agua del mundo y que ahora solo queda resignarse, comprar un filtro purificador y rezar.
