Si el médico Sigmund Freud y el pintor Salvador Dalí estuvieran vivos, no solo irían a ver la soberbia producción Origen, sino que además la comprarían cuando saliera a la venta.
Uno queda maravillado al presenciar ese milagro que es Origen. Plantea que vivir es un sueño o una pesadilla de acuerdo a cómo te ha ido en este plano durante el día de hoy, la semana pasada y el mes que viene. Pero que también hay otro mundo orgánico e intangible, al que viajamos todos cada noche, aunque unos cuantos lo tengan presente cuando se despiertan y otros no.
Origen se desarrolla fundamentalmente en los sueños, en ese estado cuando cerramos los ojos para descansar y en el que nuestro cerebro no deja de trabajar. En ese universo del subconsciente todo es posible.
En ambos niveles, el de lo real y lo onírico, reside el argumento de Origen (Inception), la magistral película dirigida y escrita por Christopher Nolan.
¿Qué es lo tangible? ¿Cuándo comienza y termina un sueño? ¿Cuántos de nuestros sueños son producto de la experiencia cotidiana y no de nuestras frustraciones? ¿Son fieles nuestros recuerdos al ayer o son una recreación que hacemos para no volvernos locos?
Estos son los dilemas que se enfrenta Dom Cobb, el personaje encarnado con solvencia por Leonardo Di Caprio en Origen, que sigue las huellas de otras producciones preocupadas por lo que hay más allá de la lógica como la saga Matrix y Eterno resplandor de una mente sin memoria.
El tema de Origen es sobre un heredero que debe ser convencido de disolver el imperio empresarial de su padre moribundo, para que otro se aproveche de ese error financiero y ser aún más poderoso. Esa es la especialidad de Cobb, extraer y manipular el subconsciente de los demás, pero él, en su condición de hijo de la tragedia griega y de la novela negra, no puede vivir en la realidad y su única posibilidad de ser feliz es cuando duerme, pero eso lo hace un esclavo de su pasado.
Al principio, el espectador puede pensar que Origen es otra cinta crítica hacia los monopolios económicos y del espionaje industrial, y sí, pero se concentra más en cómo germinan las ideas y las decisiones y qué elementos externos pueden conducir a la gente a ser borregos que son llevados al matadero.
Origen indaga en los sueños imposibles, en el dolor de lo perdido y en la amargura como veneno que lo corroe todo. Es un viaje a la esencia de la mente y a sus laberintos. Es alcanzar los límites de los sentimientos más ocultos y encontrar la forma de diseñarlos para hacerlos llevaderos. Origen es emocionante y perturbadora, por tramos reiterativa, pero estamos ante una obra portentosa, inolvidable.
“La realidad ya no es suficiente”, manifiesta Cobb. Cuando salí del cine me di cuenta de que tenía razón. Después me pregunté: ¿estoy seguro que esto no es parte de un sueño mío o suyo?

