Desde principios de la semana pasada, la culpa en España ya no es lo que era. No me refiero solo a la judicial, que también, sino a la culpa moral, ese gusanillo molesto que sentimos deslizarse desde el cerebro hasta el corazón y cuyo origen puede ser lo mismo un hecho inconfesable —en este caso el gusanillo se convierte en una serpiente de siete cabezas— que un traspié baladí.
Sea cual sea su origen, la culpa mortifica al que la padece, entre otras cosas porque los seres humanos queremos tener una buena opinión de nosotros mismos, y la conciencia de que se han hecho las cosas mal es devastadora. El alma escuece, disminuye la autoestima, y se daría la vida por que ese molesto ardor se mitigara. Ya que no siempre es factible que los demás aprueben nuestra conducta y menos que nos lo digan, es deseable mirarse por las mañanas al espejo y poder decirnos que somos gente intachable. Resulta muy consolador sobre todo cuando los años van desdibujando el ángulo de los ojos o acentuando las arrugas.
Me gustaría saber cómo se ve en el espejo Francisco Camps, presidente de la Comunidad Valenciana y uno de los barones prominentes del opositor Partido Popular, después de que la Sala de lo Penal del Tribunal Superior de Valencia decidiera la semana pasada archivar la causa que se seguía contra él y otros tres cargos públicos del PP imputados por un posible delito de cohecho: recibir regalos cuantiosos de empresas que contratan servicios con la administración donde gobiernan. La resolución judicial admite que los regalos se hicieron y se aceptaron (“pequeño” detalle que los imputados negaron sin presentar pruebas, como facturas de compras, por ejemplo, lo que además hace evidente que mintieron), pero añade que las autoridades pueden aceptar dádivas si no participan personalmente en los distintos procesos de adjudicación sino que lo hacen los subordinados encargados, que, dicho sea de paso, no han recibido regalos.
El artículo 426 del Código Penal sanciona la aceptación por autoridad o funcionario de regalos ofrecidos “en consideración a su función o para la consecución de un acto no prohibido”. Se trata de asegurar la imparcialidad de gobernantes y funcionarios, y lo que sanciona el artículo es el hecho de “admitir” la dádiva.
Por añadidura, en este caso coinciden tres hechos graves: los autores de los regalos, beneficiarios de decenas de contrataciones, están siendo investigados por corrupción en la famosa trama Gürtel; las adjudicaciones de servicios se hicieron a dedo, troceando los proyectos, para que ninguno de ellos alcanzara la suma requerida para convocar concurso, y, por si fuera poco, el presidente del Tribunal Superior de Justicia de Valencia, Juan Luis de la Rúa, es el amigo del alma de Francisco Camps, y en ningún momento se le ocurrió, por un elemental sentido ético, inhibirse en la participación.
El archivo de esta causa está a todas luces viciado y puede servir de precedente para que de ahora en adelante, un principio básico de ética en casi todas las profesiones –no admitir regalos que comprometan el recto desempeño del oficio- pierda valor y nos precipitemos al abismo. Es decir, que cambie el concepto de conciencia ética. No es lo mismo que un médico que trata nuestra enfermedad acepte una botella de buen vino (el diagnóstico no varía por más que nos empeñemos) que la acepte el director de un colegio donde nuestro hijo tiene dificultades para entrar. El asunto está claro.
La fiscalía ya ha anunciado que recurrirá el archivo de la causa, y por tanto, el nombre de Francisco Camps está aún en entredicho, como el de otros muchos miembros del Partido Popular, imputados en la trama Gürtel.
La gente de Mariano Rajoy está desesperada y la desesperación no es buena consejera. Su número dos, María Dolores de Cospedal, ha lanzado el bulo, sin prueba alguna, de que sus dirigentes han sido víctimas de escuchas ilegales, lanzando sospechas infundadas sobre las instituciones democráticas, desde la justicia hasta la policía, en un intento vano de desviar el interés de los ciudadanos del pozo de corrupción en el que están enfangados.
El clima político es irrespirable. Este país necesita espejos, muchos espejos en los que mirarse.