Experiencias con el doctor César Quintero

Sin embargo, aquella hora transcurrida al lado de aquel hombre tan sabio y equilibrado, escuchando sus comentarios y acotaciones sobre el acontecer político, fue una introducción inmediata a la actualidad política de mi país.

Había ido a la marcha con un amigo, y hoy mi esposo, Hernán Delgado.

Antes de estrechar la mano del doctor Quintero, sabía que conocería a uno de los grandes pensadores del país. Su mirada inquisidoramente caballerosa al saludarme, confirmó el prólogo que sobre este personaje había tratado de resumir su discípulo y amigo Hernán. César Quintero era uno de esos hombres que llegan siempre precedidos por un prólogo. Este prólogo esbozado por quien lo conocía desde hacía muchos años, me hablaba de sus vastos conocimientos en materia de derecho constitucional, sus recios principios, su valiente participación en las luchas cívicas, su valiosa contribución en la redacción de leyes, su contribución en el fortalecimiento de nuestras instituciones democráticas, su preocupación por la estabilidad política, económica y social de nuestro país, y tantas otras cosas.

Treinta años antes de este encuentro, por los años sesenta, su mismo discípulo Hernán Delgado recibía de otros estudiantes y profesores de la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá, un prólogo similar sobre el legendario doctor César Quintero. Me cuenta Hernán que siendo estudiante de derecho se hablaba con expectativa y curiosidad de un profesor que era embajador de Panamá ante las Naciones Unidas y que pronto llegaría de regreso a su país para reintegrarse a su cátedra universitaria.

El calibre intelectual y personal del doctor César Quintero era tal, que un encuentro con él requería previa “preparación”. Cada una de sus palabras, cada uno de sus actos era el resultado de reflexión. Pienso que una de las cosas que más lo disgustaban era precisamente los actos irreflexivos. Así pues, los colegas, amigos y discípulos que se acercaban a él en busca de asesoramiento, consejo o simplemente para compartir una conversación, lo hacían conscientes del valor del tiempo concedido. Sin embargo, él también sabía apreciar la espontaneidad e inocencia infantiles de los hijos de sus amigos, y con curiosidad y sorpresa buscaba en ellos los rasgos de sus padres. Me tocó verlo conversar animadamente con mi pequeño hijo de tres años y vaticinar que podría ser un buen abogado.

César Quintero fue un incansable buscador de talentos. Su mirada penetrante veía más allá de lo aparente. Sabía distinguir entre lo circunstancial y pasajero, y lo trascendente y duradero. Recuerda Hernán Delgado, con quien lo unió una relación de maestro y amigo de muchos años, que esta relación se afianzó a través de acuerdos y desacuerdos. El primero de ellos se da cuando el doctor Quintero lo estimula para que continuara sus estudios de derecho y se ofrece para dirigir su tesis, para la que este recomienda la nota de 89 contra las expectativas del estudiante que esperaba una A unánime. Este primer desacuerdo con su director de tesis dio origen a una serie de reclamos y apelaciones escritas del estudiante, las cuales merecieron los elogios del profesor. De este primer desacuerdo surge una admiración mutua que le valió al estudiante no un cambio de nota, sino muy buenas recomendaciones profesionales.

El largo camino recorrido por el maestro César Quintero está sembrado de encuentros con admiradores, discípulos y colaboradores. Se formó a su alrededor una especie de cofradía, a la manera de los caballeros medievales en torno a su rey Arturo, donde todos se regocijaban y protegían el honor de su héroe. Con los años, fui testigo de la íntima complacencia que reflejaba el doctor Quintero al ver que él también podía reposar en el apoyo y consejo de sus discípulos.

Tuvo el país momentos difíciles en que el doctor Quintero actuó de acuerdo con sus principios. Sin embargo, la política dejó un sabor amargo pues para un idealista como él era muy difícil anteponer lo circunstancial a lo trascendental.

Tuve la oportunidad de ser testigo y partícipe de lo que el propio doctor Quintero definió como una de la decisiones más difíciles de su vida: su renuncia como presidente del Tribunal Electoral, que en ese tiempo le hacía frente a fuertes presiones políticas. Recientemente, el doctor César Quintero escribió un testimonio sobre este histórico momento, atribuyendo a una dama, el “sensato” consejo de que renunciara al cargo, lo cual no llegó a hacer. Hoy agradezco ese cumplido, pero reconozco que mi consejo fue en ese momento el eco emotivo de su yo idealista que él supo contener momentánea y oportunamente por el bien de su amado país.

Hoy, sus amigos hacemos el ejercicio retrospectivo de recordar los momentos compartidos con el doctor Quintero y sentimos que para hacerlo, igual que en vida, hay que estar “preparados” para revivir provechosamente sus consejos y enseñanzas.

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