Es oficial: Waity Katey, o “Kate la esperona”, finalmente se casó con su príncipe. Historia fascinante (DRAE: sumamente atractivo), que de no haber sido por Cenicienta y luego otras como, e.g., Grace Kelly, no se hubiera dado.
Pero la realeza, como los bichos de Darwin, para sobrevivir la transición de monarquías a repúblicas, también ha morfado sus bodas de alianzas políticas a affairs de coeur, poniendo fin a una endogamia (entre la realeza europea) que por cierto, siempre ha sido parte de ciertos círculos, aunque los “reales” europeos de a milagro no tienen once dedos.
Pero bueno… Si no les sobran dígitos, tampoco (en algunos casos) guapura o neuronas. Y así, han relajado las reglas de casorio de los pobres pela’os, y ahora contemplan a candidatos del lumpen.
Y desde el “despelotudo” ménage a trois de Carlos, Camilla y Diana, me imagino que los brits dijeron: Bueno, que el Wills se case con la plebeya, francamente no se la puede embarrar peor que el padre.
Así que este fin de semana, Westminster y Buckingham hasta transmiten por Twitter, Facebook, et al para no quedar con los dinosaurios, y el resto nos hemos dedicado a recabuchar a los fascinantes de bille y tiara.
En el caso de Will y Kate, me ha fascinado el temita de la vestimenta femenina apropiada. Of course, cero pantalones; de blanco la novia (curiosamente, la costumbre la inició la reina Victoria); el negro, chica, para funerales; y las damas, nada, nyet, nothing, rien de tono chillón, minifaldas o bling bling. Todo “de buen gusto”. Y ahora viene la buena: Los sombreros. ¿Es que los has visto? Las inglesas los adoran: los más intrigantes –ridículos, imprácticos, elige tu término— se ven en las bodas de la nobleza y las carreras de Ascot.
Ey: si voy al cine y no puedo ver la pantalla porque me la bloquea un sombrero que comienza como ovni y termina como una codorniz poniendo floripondios, le tiro el popcorn encima (el suyo, no el mío) a la portadora.
Y ahora, ha vuelto de moda un nuevo chechereco, llamado un fascinator. Proviene del latín fascinare, o sea intrigar, fascinar, etc., porque muchas veces cubría también parte de la faz, o porque tenía componentes decorativos diferentes. En español no existía el término porque se usaba mantilla, y punto.
El término cayó en desuso y volvió a mediados del siglo XX, y tomará más fuerza desde que la Middleton, quien no da paso en falso, ha venido luciendo versiones pequeñas y discretas de los checheritos de plumas, lazos y flores en sus recientes oficios, como preparándose para cuando le toque ensombrerarse como duquesea de Cambridge, nuevo título de la pareja.
Considerando que el padre se graduó de la homónima universidad (apenas el tercer miembro de la realeza en diplomarse), y éstos dos portan sendos títulos de St. Andrews, diría que les está subiendo el IQ al mezclarses con los que pagamos hipoteca.
Son unos checheritos que se agarran con bobby pins o vinchas, y son trivialidades con florecitas, plumitas, cintas, pedrería o todo lo anterior. Ella fascinante, y nosotras fascinadas con sus fascinators.
