[POLÉMICA]

Género neutro

La noticia acerca de un ciudadano británico que ha logrado de la administración australiana el que se le conceda el género neutro en los papeles ha levantado una polvareda considerable, con discusiones incluidas acerca de si uno puede ser de sexo neutro.

Como en tantas otras ocasiones, la polémica no es tal porque quienes discuten no están refiriéndose a la misma situación. Sexo y género no son lo mismo porque el primero es un concepto biológico y el segundo, un constructo social. Tener el sexo masculino o femenino depende los cromosomas que contenga el núcleo de las células. Declararse mujer, hombre o, ya que estamos, homosexual, tanto masculino como femenino, es una opción que cada persona tiene al alcance de su libre albedrío. Gracias les sean dadas a los dioses y a las leyes por ello.

El derecho a elegir el género se puede ejercer si uno quiere, pero, de no hacerlo, se asignará de forma automática el que corresponde en principio al sexo de origen. Pero si éste admite pocas discusiones salvo anomalía genética, porque o bien uno tiene dos cromosomas X o dispone de un X y un Y, entrando en la cuestión de género aparece semejante variedad que, a mi entender, queda bien claro que no hablamos ni de cromosomas, ni de rasgos físicos. Hablamos de la manera como uno quiere ser visto en sociedad.

Lo que más asombra del asunto queda lejos de esa polémica, demasiadas veces mantenida ya. Lo novedoso y llamativo del suceso tiene que ver con la capacidad en verdad sorprendente de las autoridades australianas para hacer frente a un problema desconocido hasta ahora. Que un ciudadano quiera figurar como ciudadana en su carnet de identidad, o al revés, pertenece al cajón de las trivialidades administrativas. Debe haber a ciencia cierta un reglamento que indique cómo hay que hacer para que los papeles reflejen la nueva condición elegida. Pero eso de convertirse en un ciudadano neutro tiene su miga porque nos adentramos por un terreno desconocido. Comentaba hace poco un comentarista en un diario mallorquín que los dos sexos/géneros actuales pueden dar paso a tres, cuatro, cinco o los que vengan. Pero, ¿qué es un género neutro, más allá de la gramática heredada del latín?

Debe ser que los anglosajones, acostumbrados a la neutralidad en los adjetivos, carecen de ese problema gracias a la ignorancia omnipresente. No saben la condición femenina o masculina de un animal, por ejemplo, porque ni los artículos ni los adjetivos que añadamos a su nombre nos la aclaran. Los australianos, pues, viven con lo neutro como fundamento mismo de su forma de contemplar el mundo. Pero nosotros, no. Si ese ciudadano británico hubiese acudido a una oficina del reino de España, lo probable es que le hubieran echado a la calle, sin más. Y habría tenido suerte. En un país como el mío, en el que, en nombre de la religión o la política, se fusilaba hasta hace poco a los homosexuales, proclamarse neutro supone un riesgo bien difícil de asumir.


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