En mayo, el FMI y la Unión Europea creyeron que habían resuelto las complicaciones financieras de Europa. Concibieron un rescate por 150 mil millones de dólares para Grecia, parte de un rescate por un billón de dólares destinado a países vulnerables que usan el euro. Con defensas como esas, ningún inversionista apostaría contra la estabilidad financiera de Europa.
Seis meses después, Grecia sigue titubeando y la crisis financiera en Irlanda demuestra que su disuasivo no fue tan persuasivo ni tan eficaz como habían pensado. La receta del rescate para Grecia, y ahora Irlanda, tiene un problema fundamental: No logra reconocer que estos países profundamente endeudados no se recuperarán hasta que reduzcan su aplastante deuda pública, que en ambos casos está en camino a llegar a un pasmoso 150% del producto interno bruto en los próximos tres o cuatro años. La totalidad de la deuda exterior de Irlanda, pública y privada, equivale a 10 veces su producto interno bruto.
El crecimiento podría ser de ayuda, así como incrementar los ingresos fiscales y una reducción del radio de deuda contra PIB. Sin embargo, ni Grecia ni Irlanda están creciendo. Y los draconianos presupuestos de austeridad que son el precio por los tratos del rescate, Irlanda ha prometido que reducirá su déficit presupuestario a 3% de su PIB para 2014, respecto de 32% este año, empeorarán las cosas. A menos que les permitan reestructurar su deuda, extender pagos o reducir el capital principal, cojearán por años. Además, cualquier nuevo susto, digamos problemas financieros en Portugal, generarían una estampida de inversionistas.
Las eliminaciones de la deuda no se discutieron durante el rescate griego, no en menor medida porque debía mucho dinero a bancos de otros países de la Unión Europea. Irlanda debe incluso más. Justo ahora, nadie habla de una reestructuración. Más bien, al parecer es probable que la UE y el FMI inyecten miles de millones de dólares adicionales en los bancos irlandeses.
Obligar a los acreedores a que absorban reducciones de la deuda también conlleva grandes riesgos. Le haría daño al balance general de muchos bancos europeos. Asustaría a inversionistas, impidiendo temporalmente la entrada de otros países débiles a los mercados de bonos. Siempre hay formas de mitigar estos riesgos abordando los problemas de todos los países débiles de una sola vez.
Los acreedores en bancos de Irlanda podrían ser presionados para que cambien deuda por capital accionario, lo cual reduciría el nivel de endeudamiento de los bancos. Además, el FMI y el fondo de rescate de la Unión Europea podrían inyectarle capital a algunos bancos que no podrían obtenerlo de los mercados, así como apuntalar gobiernos hasta que recuperaran el acceso al financiamiento privado. Lo anterior no será fácil, particularmente si el rescate tiene que ser extendido a un país mucho mayor como España. Sin embargo, a pesar de los riesgos, este enfoque pudiera ofrecer la única senda hacia la solvencia duradera para estos países y estabilidad para el euro en el largo plazo.