Un país que ha sufrido dos invasiones militares en 16 años confía ahora en que una invasión de ayuda humanitaria impida su colapso. “Sólo un apoyo masivo y de verdad de la comunidad internacional podrá levantar a este pueblo, pero tiene que ser una ayuda que no se quede en la atención del momento y no se olviden de nosotros”', dice el profesor Jocelyn Ozines.
Haití es hoy el centro de atención de las organizaciones oficiales y privadas de ayuda a un pueblo que, si ya era muy pobre, ahora lo ha perdido todo. La devastación que hemos visto al cruzar la capital es superior en víctimas y destrozos a la que causó el terremoto de 1985 en Ciudad de México, que fue el de mayor intensidad registrado en América Latina en los últimos decenios.
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) evaluó el miércoles las víctimas mortales en unas 50 mil, la mitad de las que había aventurado la víspera el Gobierno haitiano –o lo que queda de él–. Unas 7 mil personas fueron sepultadas el miércoles en una fosa común.
Paul Conneayi, portavoz de la Cruz Roja Internacional, calcula en unos tres millones el número de personas afectadas por el terremoto. También destacó que el 80% de la capital está destruida. Los daños afectan a todos los barrios, tanto a las pequeñas zonas residenciales como a los tugurios de miseria de Cité du Soleil y la Saline. La caída de tantos edificios se debe, aparte de a la magnitud del sismo, a la endeblez de los materiales y a la mala construcción. Gerardo Soto, director de la ONG Habitat for Humanity, que se dedica a la prevención de desastres, comentó a este diario que el mortero y la mezcla de cal, arena y cemento son de pésima calidad, y sin utilizar varillas de hierro ni poner pilares. “A veces, en casas sin cimentación, le añaden dos pisos encima, por lo que el colapso se produce al menor temblor”, declara Soto.
“Me preocupa la falta de agua, la salud, la ausencia de luz eléctrica en la mayoría de los barrios. Tenemos mucha gente muerta bajo los escombros, los cadáveres ya se están descomponiendo, hay problemas de comida porque los mercados, supermercados y almacenes quedaron destruidos totalmente”, dijo el primer ministro haitiano, Jean Max Bellerive.
En una ciudad con un alto índice de extranjeros en misiones humanitarias y religiosas, las noticias de los muertos y desaparecidos incluye desde funcionarios en misión de las Naciones Unidas, voluntarios de Francia y Canadá, sacerdotes y pastores, hasta soldados de Brasil y Argentina.
“En este momento, lo más importante es atender a los heridos, la mayoría de los hospitales se han hundido y los que funcionan apenas tienen medicinas e instrumental”, afirmó Louis Cineas, médico del Ministerio de Salud, quien dijo que las prioridades son medicamentos, colchones, suero y artículos de higiene.
El aeropuerto de Puerto Príncipe es un ir y venir de aviones de gran número de países, en especial de Estados Unidos, Europa y América Latina. La ayuda española, procedente del centro logístico que la Agencia Española de Cooperación Internacional tiene en Panamá, fue la primera en llegar. Oleadas de aeronaves llegan de día y de noche con alimentos y el material más indispensable para atender a decenas de miles de heridos. El aeropuerto se abre y se cierra a medida que se satura la pequeña capacidad de sus instalaciones. Los servicios de inmigración –los de aduanas han desaparecido– se realizan con rapidez en la misma pista.
La avioneta en que un grupo de periodistas viajábamos desde Santo Domingo a Puerto Príncipe tuvo que dar la vuelta en pleno vuelo cuando desde la dañada torre de control indicaron al piloto que no podía aterrizar por estar rebasada la capacidad del aeródromo. Al cabo de 60 minutos se autorizó de nuevo el despegue, pero cuando la nave llegó cerca de la capital haitiana tuvo que dar vueltas durante más de una hora hasta poder aterrizar. El piloto se vio obligado a realizar una brusca maniobra ascendente para evitar una colisión con otra aeronave que estaba a menos de un kilómetro.