[CRISIS]

Honduras, entre la guerra y la paz

La sorpresiva aparición del depuesto presidente Manuel Zelaya en la sede diplomática de Brasil en Tegucigalpa, trae consigo un recrudecimiento de las tensiones ya existentes.

Para la institucionalidad del país, que observa lo ocurrido bajo el prisma de la legalidad, resulta incomprensible la posición hasta ahora adoptada por la comunidad internacional. Sin embargo para esta última, defensora del principio inviolable de la democracia, sacar a un mandatario legítimamente electo en las urnas a golpe de bayoneta en la madrugada, para enviarlo en pijama a bordo de un avión militar a un país distinto al suyo, es un hecho que no puede ser calificado de manera distinta que como “golpe de Estado”.

Es por ello que el argumento jurídico con el cual la institucionalidad hondureña intenta demostrar que fue precisamente Zelaya quien violó la Constitución, al pretender modificar un artículo pétreo, no termina por lograr su cometido. Frente al hecho de que en lugar de ser juzgado por traición a la patria, como manda el artículo cuarto de la misma Constitución, se optó por la lamentable acción militar, de quienes ciertamente no correspondía ser garantes de la Carta Magna de los hondureños, y que por cierto, tampoco han sido sancionados hasta la fecha.

Ahora, Zelaya muy hábilmente busca coincidir su regreso con el período de sesiones de la Asamblea de Naciones Unidas, evento que reúne a muchos de los líderes del mundo y quienes seguramente le reiterarán su apoyo incondicional.

En este nuevo capítulo de esta pieza trágica de la actual realidad hondureña, Mel Zelaya actúa como paloma de la paz, al desempeñar el papel del mensajero de la negociación y el entendimiento pacífico. Con esto, deja al presidente Roberto Micheletti en medio de una encrucijada política, que lo obliga a desempeñar el papel del malo, esto es, el de quien en aras de ser coherente con la visión que hasta ahora ha sostenido, debe cumplir con la obligación de perseguir a Zelaya hasta ponerlo tras las rejas.

Esperemos que ahora no se termine por poner en tela de juicio los resultados del proceso electoral de noviembre, un hecho que sería lamentable, pues para muchos es la única salida a esta crisis institucional.

Ojalá que el regreso de Zelaya no traiga como consecuencia el colocar a Honduras entre la guerra y la paz.


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