Poco más de dos décadas fueron suficientes para subvertir los valores, corromper las instituciones, encallecer las conciencias, y por eso el oportunismo y el “juega vivo” se convirtieron en actitudes socialmente aceptadas y emuladas, lo que facilitó mucho el dominio de los militares sobre la población. Con los gobiernos demócratas no hemos tenido mejor suerte. El Organo Judicial, increíblemente lento, es una pesadilla para cualquiera que tenga un caso penal, civil, laboral o administrativo que resolver. Peor aún son las frecuentes denuncias de corrupción, en buena parte responsables de que se considere a Panamá como un país de notable inseguridad jurídica. El Organo Ejecutivo tampoco sale bien librado, por las constantes denuncias sobre hechos de corrupción que se prometen investigar hasta las últimas consecuencias, lo que en realidad quiere decir que no habrá ninguna. La Asamblea Legislativa ha descendido a los niveles más abismales de su historia, como indican las denuncias de algunos de sus miembros. ¿Qué hacer ante tan penosa situación? Es momento de renovación institucional, que solamente es posible a través de nuevas instituciones constitucionales. Como afirma José Luis Lacunza, presidente de la Conferencia Episcopal y obispo de David: “lo único que nos queda es cambiar la Constitución”. Que así sea.
Hoy por Hoy 2003/10/12
12 oct 2003 - 05:00 AM