Como si los seres humanos no hubiésemos demostrado con creces tener suficiente capacidad de autodestrucción, la potencia demoledora de los desastres naturales y de los accidentes de gran escala aparece, de cuando en cuando, para probarnos que la muerte y la desolación siempre pueden llegar de improviso. Las dantescas escenas de Irán y China, o la de Enelda Zurdo Flores, que encontró el final de su cortísima vida aplastada por un muro en Puerto Armuelles, nos conducen a pensar en la injusta repartición del sufrimiento en este planeta. Aunados a la pobreza extrema, la desnutrición de grandes sectores de la población, los pésimos servicios públicos, la violencia, la inestabilidad política y la corrupción gubernamental, los países menos desarrollados parecen ser castigados con mayor severidad por la naturaleza. No obstante, ese cálculo instintivo que inevitablemente nos invade la mente cuando vemos el padecimiento de tantos seres humanos, debe ser contrastado con un hecho objetivo: las calamidades producto de los desastres naturales y las catástrofes de otra índole no son factores que se vienen a sumar al azar a las desgracias de las sociedades menos favorecidas. La monumental devastación es, en buena medida, causa directa de las propias características que nos mantienen tan distantes del bienestar social. Y es que la ausencia de recursos, educación, cultura de prevención y desarrollo institucional requeridos para que una nación tome todas las precauciones necesarias para minimizar los posibles efectos de un fenómeno natural o un accidente, son los factores que explican que estas fatalidades se vengan a acumular sobre tantas otras que soportan los ciudadanos de países donde la prevención es un mero concepto retórico.
Hoy por Hoy 2003/12/27
27 dic 2003 - 05:00 AM