Es indudable que el papa Juan Pablo II ha puesto el dedo en la llaga, con su llamado a “un nuevo orden internacional para solucionar los conflictos y garantizar la paz”. Y es que difícilmente se puede pensar en una lección más contundente dejada por los acontecimientos del 2003, que la imperiosa necesidad de reformar la Organización de Naciones Unidas. La crisis que precedió al conflicto bélico en Irak, la ilegalidad de la propia invasión y la aplazada pacificación del país, son todos factores derivados de las deficiencias del máximo organismo internacional. Las claras limitaciones del foro de naciones en el ilustrativo caso iraquí, implicaron que la ONU diera tumbos entre la irrelevancia y el descrédito: entre la incapacidad de detener el ataque preventivo de un grupo de sus miembros contra otro –sin el aval del Consejo de Seguridad–, y la carencia de los mecanismos para contrarrestar efectivamente las amenazas que la acción bélica aliada argumentaba perseguir (las armas de destrucción masiva en manos dictatoriales, los países “santuarios” del terrorismo, entre otras). Así, es evidente que las palabras del Pontífice son portadoras de una recomendación compleja, no necesariamente equiparable al mero pacifismo simplista: el mundo requiere un nuevo orden, en el que no se pueda ignorar que la legitimidad de las acciones internacionales solo emana del máximo foro de naciones, pero para que esto sea viable, hay que adaptar primero al organismo a los retos, las realidades de poder y los peligros actuales.
Hoy por Hoy 2004/01/02
02 ene 2004 - 05:00 AM