Aunque el anhelo de guiar nuestra vida de acuerdo con principios, es una de las características que nos diferencia de los animales, lo cierto es que son pocos los seres humanos que toman decisiones cruciales guiados por abstracciones filosóficas. La búsqueda del bienestar, de la aprobación y el temor al castigo son, para muchos, incentivos más poderosos, que la defensa de los ideales. Es con esta visión maquiavélica del hombre, que se comprende la importancia del vuelco que ha tomado la comprensión regional del problema de la corrupción. Y es que si por años los políticos se hacían los de la vista gorda cuando se les hablaba de la vergüenza nacional y de la erosión de la decencia que ocasiona la deshonestidad generalizada, ahora difícilmente podrán desatender consecuencias que los afectarán a ellos mismos. La Cumbre de Monterrey evidenció que los países y los gobernantes que apadrinen la corruptela empezarán a ser señalados como “parias” de la comunidad internacional, y como tales, quedarán rezagados de los beneficios que giran en torno a las inmensas oportunidades del libre comercio y la cooperación internacional. Se acabó, pues, el tiempo de gracia para los corruptos. Cada usufructo de los fondos públicos y cada vez que Panamá se preste para ser refugio de capitales ilícitos y de personajes de cuestionables credenciales, le cerrará otra puerta al país y a sus líderes. La advertencia es contundente.
Hoy por Hoy 2004/01/14
14 ene 2004 - 05:00 AM