Los psicólogos señalan que un momento fundamental en el proceso de la maduración de los niños ocurre cuando éstos aceptan, aunque momentáneamente no les convenga, las reglas de los juegos que practican. Antes de esto, los niños no entienden por qué deben sujetarse a esas reglas; se enojan, tratan de cambiarlas sobre la marcha, a veces los más fuertes logran imponer su voluntad y otras veces el juego termina en una pelea. Con los países y sus gobiernos pasa algo parecido. Entre otras cosas, la democracia es un conjunto de reglas que ordena la competición por y para el ejercicio del poder político. Estas reglas establecen límites a lo que de otra manera sería el ejercicio arbitrario, antidemocrático de ese poder. Solo deberán ser modificadas mediante procedimientos cuidadosamente preestablecidos. Como lo dicta el principio del respeto ciudadano, el gobernante de turno tiene la obligación de observar escrupulosamente las reglas de la vida pública. Pero cuando esto no ocurre, no solamente impera el desorden gubernamental sino que se da un mal ejemplo, lo que propicia que sus subalternos aprovechen para también violar las reglas. Y ese es el caso del viceministro de Gobierno y Justicia que, sabiendo que no puede hacer política en horas de trabajo, juega al vivo con el beneplácito de todo el Ejecutivo. Y en todo esto se manifiesta la actitud, entre infantil y antidemocrática, de uso las reglas del juego si me sirven y las ignoro si me estorban.
Hoy por Hoy 2004/02/06
06 feb 2004 - 05:00 AM