La posición del Gobierno Nacional de considerar una eventual solicitud de asilo para el ahora expresidente de Haití Jean Bertrand Aristide, acusado de graves violaciones a los derechos humanos en su país, demuestra la incoherencia e incongruencias de nuestra política exterior, pues hace unos días funcionarios habían señalado que no concederían el mencionado asilo. Afortunadamente, Aristide decidió ir a otras latitudes. Esto es lo mejor que le ha podido pasar a Panamá. El hecho de que en el pasado le hayamos otorgado asilo político a otros haitianos –como el militar Raoul Cedras– representa una situación peligrosa porque es conocida la enemistad tradicional entre estos personajes y sus acompañantes, y el país no está en condiciones de garantizar la seguridad de ambos. El Gobierno debió esgrimir esta realidad como la razón más válida para que a nadie siquiera se le hubiese ocurrido proponerla; menos, considerarla. Otra vez queda mal nuestra política exterior. Las diferencias son abismales respecto a tiempos pasados, cuando Panamá abría sus fronteras a perseguidos políticos de España y otras naciones europeas que escapaban del nazismo y el facismo; refugiados que ayudaron a forjar el inventario moral e intelectual de la patria al convertirse en catedráticos universitarios, emprendedores comerciantes y hombres de paz. Nuestros gobernantes deben ser más selectivos con la figura del asilo político. El solo hecho de permitir la entrada de maleantes, corruptos y violadores de derechos humanos deja mucho que desear de los panameños mismos.
Hoy por Hoy 2004/03/01
01 mar 2004 - 05:00 AM