A lo largo de muchas décadas, los líderes sindicales que representaban a los trabajadores de las bananeras sostuvieron una relación de “tira y jala” con la Chiriquí Land Company, luego Chiquita Brands Company. En su momento, los sindicalistas hicieron reclamos justificados; y las muchas negociaciones permitieron que las condiciones de trabajo mejoraran. Sin embargo, con el pasar del tiempo, las exigencias de algunos líderes sindicalistas perdieron de vista la realidad financiera de la empresa que, es menester recordar, construyó acueductos, plantas eléctricas, hospitales, escuelas y viviendas, tanto en el Atlántico como en el Pacífico. Los paros, las demandas y las posiciones radicales de algunos sindicalistas se mantuvieron, aun cuando la operación había dejado de ser rentable y la multinacional la estaba subsidiando. Finalmente, a mediados de 2003, tras acumular 100 millones de dólares en pérdidas, la Chiquita Brands decidió vender sus activos. Dicha venta puso la empresa en manos de los antiguos dirigentes sindicales. Paradójicamente, los obreros aducen que las condiciones de trabajo han desmejorado, y se van a un paro de labores. La experiencia debe ser tomada en cuenta por otras agrupaciones sindicales que presionan al capital extranjero y nacional, ignorando que las empresas, pequeñas o grandes, son vulnerables a los vaivenes del mercado; que los empresarios asumen grandes riesgos y en ocasiones encaran cuantiosas pérdidas; que los capitales que los respaldan no son infinitos. En fin, que calzarse los zapatos del jefe no es la panacea.
Hoy por Hoy 2004/03/02
02 mar 2004 - 05:00 AM