Señales de alarma, que conviene no desatender, amenazan la solidez de las democracias latinoamericanas. Y es que si los tiempos que vinieron tras la caída de las dictaduras en el continente se caracterizaron por el consenso en torno a la importancia de la defensa colectiva de los nuevos regímenes democráticos, ahora somos testigos de una serie de acontecimientos que debilitan los soportes del pluralismo político en la región. Convulsiones sociales y rebeliones de distintas tendencias ideológicas han propiciado el fin de los mandatos de varios presidentes constitucionalmente electos. Ahí están los casos de Argentina, Ecuador, Bolivia y el más reciente –y sangriento- alzamiento que motivó la renuncia del haitiano Jean Bertrand Aristide, para ilustrar esta tendencia. Es innegable que tras ese tipo de manifestaciones de descontento, se encuentra el fracaso de los sistemas latinoamericanos para lograr que el bienestar llegue a las grandes mayorías, pero también lo es, que tolerar el desacato hacia las reglas del juego democrático solo promete peores condiciones de vida para los habitantes de la región. La búsqueda de mecanismos legales para el reemplazo ordenado de aquellos gobiernos que generen niveles de insatisfacción incontenibles (como el referéndum revocatorio que, contra una voluntad autoritaria, intenta sacar adelante la oposición venezolana) es la única manera de garantizar la supervivencia del menos malo de los sistemas políticos -la democracia- en una región que tarda en sentir toda la gama de sus beneficios.
Hoy por Hoy 2004/03/06
06 mar 2004 - 05:00 AM