La grave situación del sistema penitenciario panameño es producto de dos cosas, cada una peor que la otra, que impiden que las cárceles sean sitios de reeducación y reconversión y en su lugar se hayan convertido en verdaderos centros del ostracismo. La primera es el carácter represivo de los agentes del Ministerio Público, que dictan con extrema ligereza medidas privativas de la libertad. La otra es la frecuencia con que se legisla para tipificar nuevos delitos con exagerada penas de prisión que al final congestionan aún más las cárceles del país, que de por sí ya están sobrepobladas. Es urgente rectificar la actitud represiva de los agentes de instrucción, a fin de que apliquen medidas sustitutivas a la detención preventiva. También hay que eliminar algunos delitos que no causan mayor daño social y, a su vez, redoblar la atención a las conductas delictivas que causan perjuicios, como el narcotráfico, delitos contra la integridad personal y la seguridad institucional, entre otros. De lo contrario, las cárceles seguirán siendo receptoras de la ineficacia judicial y el consecuente desbordamiento será inmanejable. Es penoso que la justicia panameña haya invertido el orden de las cosas: a los detenidos, en vez de que se les considere inocente hasta que se demuestre su culpabilidad, se les considera culpables hasta que demuestren su inocencia. ¡Qué barbaridad!
Hoy por Hoy 2004/03/08
08 mar 2004 - 05:00 AM