La historia nacional ha sido testigo de las promesas políticas más descaradas y los atropellos más brutales amparados en grandes palabras. Durante la dictadura, el país tuvo que aguantarse aquello de “todo por la patria”, por el capricho de unos pocos. Y luego, ya en democracia, no faltaron quienes usando el marketing político ensayaron frases igualmente convenientes para obtener sus propios beneficios. Con “el pueblo al poder” en 1994 y “el cambio va” en 1999, sendos candidatos llegaron a la Presidencia de la República para luego decepcionar al electorado. Y es que parece que precisamente en los momentos de campaña es cuando los candidatos adquieren una notable inventiva para crear conceptos e imágenes que distraen al pueblo de la realidad. Por ejemplo, ahora han salido quienes dicen que “sí se puede”, otros que “caminan los zapatos del pueblo”, no han faltado los que han visto de repente “una visión de país”, y hay un candidato que “es de verdad”. Decía Tocqueville, que lo que hay que temer no es tanto la inmoralidad de los políticos, sino el hecho de que la inmoralidad pueda conducirlos a la grandeza. Resultaría demasiado ingenuo pedir que los políticos sean modelos de excelencia, pero lo cierto es que el perfil que reflejan a la ciudadanía es de una figura sin vergüenza, inmoral y corrupta. Nuestro país requiere de la designación de ciudadanos coherentes para los puestos de elección popular, y la comunidad tiene derecho a un cambio. Y a la paz.
Hoy por Hoy 2004/04/18
18 abr 2004 - 05:00 AM