No se requiere ser un experto en administración pública para darse cuenta de que ante una situación crítica, las decisiones difíciles deben tomarse con sentido común. Cuando un gobierno pone en práctica un plan de contingencia lo hace por razones de necesidad y urgencia. Pero todo ajuste da lugar a una serie de efectos. Suponer que se pueden reducir los gastos del gobierno, suspender el suministro de aire acondicionado de oficinas públicas y reducir una hora del horario de los funcionarios sin esperar que ello produzca consecuencias es no entender cómo se maneja un país. Estas reflexiones son pertinentes luego de que el Ejecutivo ha tomado medidas dirigidas a paliar la crisis energética que afecta al país. Porque, precisamente, dicha estrategia amenaza naufragar en virtud de una desafortunada elección de los tiempos y de la forma como ha sido puesta en marcha. Y no sería la primera vez. En 2002 supuso erróneamente que con un recorte del gasto público bastaba para cerrar el déficit fiscal. Un año después, creyó que era menester aumentar drásticamente los impuestos con una ley tributaria y volvió a equivocarse porque, en medio de una recesión, el remedio resultó peor que la enfermedad. Y este año, otra vuelta de tuerca en el mismo sentido: accionó la contención del gasto, creando una crisis que afecta desde hospitales hasta centros educativos. Llegará un momento en que gobernar, siguiendo la receta de la improvisación, será no solo inconducente sino también peligroso.
Hoy por Hoy 2004/06/14
14 jun 2004 - 05:00 AM