Nadie ignora que la corrupción es uno de los cánceres más mortales de las democracias modernas. Pero también se sabe que sus remedios y soluciones están dentro de las propias instituciones de la democracia. La ironía de esto es que los malos gobernantes han usado las instancias de gobierno como trampolín para alcanzar sus propios intereses, olvidándose del resto de la población que los eligió y confió en ellos. Por eso, el próximo gobierno debe desarticular la corrupción estructural escondida en los pliegues y repliegues de organismos del Estado, enquistada allí por décadas sin que nadie se haya animado a combatir de raíz ese mal endémico. Sobran argumentos: denuncias sobre tráfico de influencias, nepotismo, utilización de fondos públicos para apuntalar favores, coimas en la Asamblea Legislativa, contratos sospechosos y equiparaciones dudosas. Los responsables deberían estar en la cárcel, pero, desafortunadamente, allí también está enquistada la corrupción y, en vez de ser un lugar regenerativo es la universidad del crimen organizado. Es necesario acabar con este mal de raíz. Ese es el mejor mensaje que un nuevo gobierno puede darle a un país si en verdad se busca más seguridad y cero corrupción.
Hoy por Hoy 2004/07/11
11 jul 2004 - 05:00 AM