Dentro de Fidel Castro corre una veta suicida, que ha terminado por asumir el comando absoluto de su personalidad. Por el caso Padilla (grotesca caricatura de los procesos de Moscú) perdió el apoyo de todos los intelectuales de izquierda del mundo. Por una cuestión deportiva baladí, insultó groseramente al primer ministro de Canadá, que le suministraba una ayuda vital. Por las penas demenciales a que condenó a sus paisanos que pedían respeto a los derechos humanos, la Comunidad Europea lo abandonó a su suerte. Cuando el ridículo intento de Posada Carriles, exigió a Panamá que le entregara a los magnicidas, sabiendo que no podía extraditarlos, porque en Cuba hay pena de muerte y aquí no. Fueron juzgados y condenados a ocho años de prisión, no por crímenes cometidos en otros países y en el pasado, sino por las leyes que infringieron esa vez en el territorio nacional. Hace unos días, Castro dijo que la Presidenta iba a indultar a los delincuentes para complacer al “exilio de Miami”, cuya influencia sobre el gobierno de Bush es notoria. No la creíamos capaz de incurrir en un despropósito que merece la condena de todos los hombres honrados; pero, por lo visto, doña Mireya no retrocede ante ninguna enormidad con tal de obtener ventajas inmediatas. Y las diatribas de Fidel le facilitaron las cosas. Todo el problema debió dejárselo al gobierno que dentro de unos días reemplazará al suyo. Pero ella prefirió cerrar su gestión con broche de infamia.
Hoy por Hoy 2004/08/29
29 ago 2004 - 05:00 AM