La población está asqueada de la corrupción. También está cansada y distanciada de sus representantes y de la clase política en general. Todas las encuestas, desde hace años, revelan que la comunidad perdió confianza en quienes fueron designados para administrar la cosa pública. A esta profunda frustración por el funcionamiento de las instituciones básicas de la democracia, se suma el escepticismo entendible ante la posibilidad de que algo cambie. Los discursos vacíos de propuestas concretas y muchas veces profundamente hipócritas causan casi tanto daño a la democracia como la corrupción misma. El país espera acciones concretas para combatir la hipercorrupción que afecta a todos: ya no nos conforma la mera retórica. Nada provoca más incertidumbre que un gobierno que se cierra a la mirada de sus ciudadanos. La falta de apertura en un país con elevadísimos niveles de corrupción sólo contribuye a profundizar la desconfianza en los que ejercen la función pública. La democracia se ve más fortalecida cuanto más transparente es el accionar de sus funcionarios y más posibilidades tiene la ciudadanía de participar y controlar.
Hoy por Hoy 2004/10/19
19 oct 2004 - 05:00 AM