Es indudable que Yaser Arafat es una de las figuras más controversiales de las últimas décadas. Sus enemigos lo consideran un terrorista implacable, mientras que para sus seguidores es el padre del nacionalismo palestino y ardiente defensor de su pueblo. En realidad, cumplió ambos papeles durante sus 40 años a cargo de la Organización para la Liberación de Palestina. Pero, desde que Arafat fue transportado el 29 de octubre de Cisjordania a un hospital militar francés, su enfermedad es todo un misterio. Eso es así porque los autócratas nunca están preparados ni política ni mentalmente para su sucesión. La ausencia de Arafat, en vez de abrir las posibilidades para revivir un verdadero proceso de paz en el Medio Oriente, ha creado una inevitable puja de poder por la falta de una figura capaz de unir la maraña de intereses que separan a los violentos de los más conciliadores. Aunque la búsqueda de su reemplazo será un objetivo difícil, mas no imposible, no se puede ignorar que Arafat ha sido, en los últimos años, tanto un desafío como un enemigo conveniente para Israel. Ahora, con su salida del plano geopolítico, la interrogante es: ¿qué pasará con los palestinos y las negociaciones de paz con Israel? Pero no hay que pecar de ingenuos: la oportunidad de paz siempre ha dependido de las reales intenciones de los protagonistas. Y ya Arafat tuvo la suya.
Hoy por Hoy 2004/11/08
08 nov 2004 - 05:00 AM