Los transportistas y sus diablos rojos han tenido -y tienen- al pueblo viviendo en un constante infierno. Mantienen las mismas costumbres monopolísticas de siempre, en defensa únicamente de sus intereses personales y en detrimento del bienestar de la población, que es a quien se deben. Han olvidado -si es que alguna vez lo tuvieron en cuenta- que su obligación es proporcionar un servicio digno y eficiente, servicio que desde hace muchos años no prestan. La ciudadanía tiene muy claro esto. Por otra parte, se oponen a entrar al siglo XXI. La mera idea de que se construya un transmilenium en la ciudad capital los pone a temblar, lo que muestra un evidente signo de mediocridad e incapacidad para competir en un mercado moderno que exige calidad. Ya es hora de que el Gobierno los meta en cintura y no se deje manipular, como ha ocurrido con las anteriores administraciones. Y a los revoltosos manifestantes de ayer, que no permitieron el libre tránsito vehicular por las calles de la ciudad, hay que quitarles el cupo y dárselo a quienes sí quieren trabajar para beneficio de la Nación.
Hoy por Hoy 2004/12/02
02 dic 2004 - 12:00 A M
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