Es reconfortante escuchar al Presidente de la República decir que el objetivo de una reforma fiscal es la equidad. Es incuestionable el principio de que quienes más ganan sean los que deban llevar la mayor carga tributaria. Pero es fundamental que la equidad que se propone como base de las reformas tributarias vaya de la mano de la transparencia, de la reducción del tamaño del Estado y de la eficacia en el uso de los recursos públicos. No es cuestión de aumentar impuestos para que al final no se vea el desarrollo social. El discurso del mandatario es conceptualmente correcto y parece estar respaldado por buenas intenciones. En él se refleja la triste y cruda realidad del lamentable estado de las finanzas públicas, que son el resultado de un cúmulo de abusos, malos manejos y el perverso secretismo que históricamente ha cubierto su utilización. Corresponde ahora el debate serio por parte de la sociedad, sin antagonismos demagógicos, sobre las propuestas presentadas. Así mismo, le toca al Ejecutivo escuchar los planteamientos de los contribuyentes y propiciar un verdadero ejercicio de consulta ciudadana que le sume, y no le reste, confianza a su propuesta y al debate nacional que hoy empieza.
Hoy por Hoy 2005/01/12
12 ene 2005 - 05:00 AM