Todos los países invierten ingentes sumas de dinero en fomentar la “industria sin chimeneas”. Panamá es la excepción de esta regla. En Bocas del Toro ha surgido espontáneamente un poderoso polo turístico, que atrae a miles de personas del llamado “primer mundo”, que van a pasar sus vacaciones en esa especie de paraíso tropical. El Gobierno no ha hecho el menor esfuerzo para que este asombroso y lucrativo fenómeno se produzca. Al contrario, los burócratas hacen todo lo posible por desalentarlo. En 1991 un violento sismo azotó a la provincia y averió las calles y avenidas, todas pavimentadas, de la cabecera. Los políticos panameños –que viven de apariencias– reconstruyeron el coso, Calle Tercera, y dejaron que la intemperie y los aguaceros completaran la obra del terremoto en todas las otras. Y lo más grave es que, a juicio de los expertos, la reparación de las calles no es muy costosa. Los paraísos turísticos no son eternos. Desaparecen como no se les brinde a los visitantes las comodidades mínimas de la vida moderna a que están acostumbrados. Y esta función sólo la puede cumplir un Gobierno que no viva de espaldas a la nación, ni que sea un voraz parásito de ésta, sino un instrumento de progreso y bienestar.
Hoy por Hoy 2005/02/08
08 feb 2005 - 05:00 AM