Solo una figura cimera como Juan Pablo II es capaz de atraer la atención y consternación del mundo entero. Independientemente de las creencias religiosas de tantos, el papado de esta figura extraordinaria del catolicismo ha sido una de las fuerzas indiscutibles que marcaron las últimas décadas del siglo XX y los albores del siguiente milenio. Las últimas 48 horas han mantenido a millones alrededor del globo pendientes de su agonía, mientras admiramos el legado del Hombre de Dios que emprendió más de un centenar de peregrinajes alrededor del mundo llevando un profundo mensaje de paz y esperanza, seguido de innumerables gestos ecuménicos, de su inclaudicable lucha por la libertad y en contra del totalitarismo y su apostolado por conquistar la fe de la juventud y la compasión de los marginados y oprimidos. Tras su desaparición, el Pontífice dejará el legado de un hombre de principios inquebrantables y claros, contundente en sus enseñanzas y pronunciamientos, de un pensamiento firme y fértil que recorrió los confines de cada continente para darle un rostro humano a la Iglesia católica.
Hoy por Hoy 2005/04/02
02 abr 2005 - 05:00 AM