La huelga de maestros y profesores tiene un efecto gravísimo sobre los más inocentes y necesitados. Se ha hecho un llamado para reiniciar las clases en los centros oficiales cerrados por el paro.
Esa medida evidentemente busca restaurar la normalidad del año académico de la niñez y juventud panameñas, pues el daño que ya se ha causado –aún reversible- amenaza con trastocar el bien más sensible para el crecimiento social: la formación de las generaciones futuras, que ya de por sí sufren las consecuencias de una bajísima calidad en la enseñanza.
Los hijos de los panameños más humildes son precisamente los afectados con la paralización y cierre de las escuelas oficiales. Aquellos que dependen de la instrucción pública para garantizar una mejor alborada son tristemente los que hoy, por posiciones intransigentes y hasta ahora irreconciliables, están comprometiendo el porvenir de quienes más lo precisan.