Las vergüenzas de cada país y de cada continente tienen nombre. La de la Europa de los 90 se llama Srebrenica. Y es una vergüenza que hace turbar el ánimo no solo de los europeos, que vieron cómo en unas horas eran asesinados 8 mil hombres musulmanes en esta pequeña localidad de Bosnia, sino que afecta también a las Naciones Unidas y a una comunidad internacional que permitió esta masacre anunciada. Hoy, 10 años después, quedan 7 mil cuerpos sin identificar y un dolor inenarrable.
La historia es para aprender de ella, pero el ser humano frecuentemente fracasa esa asignatura. Los desaparecidos de Chile o Argentina, las masacres de Colombia, la sangre de las guerras centroamericanas o las víctimas de nuestra propia dictadura suelen ser alimento de la amnesia colectiva. Por eso, recordar se ha convertido en una actitud de resistencia... y de dignidad.