Las sociedades maduras y democráticas son aquellas que no se vengan de los antisociales, sino que los castigan y buscan su reincorporación a la comunidad. Si es así, Panamá todavía está en pañales. Nuestras cárceles son escuelas de delincuencia fomentada por el hacinamiento, las injustas permanencias sin sentencia que las respalde, el abuso de la detención preventiva y la violación permanente a los derechos humanos fundamentales.
Los que estamos fuera miramos a los centros penitenciarios como agujeros negros donde no hubiera nadie. Pero resulta que tras las rejas hay seres humanos que merecen ser tratados como tal. Organismos nacionales e internacionales nos ponen mala nota y cada gobierno se excusa bajo el paraguas de la escasez económica. Quizá nos hagan falta menos privilegios, exoneraciones y subsidios, y mejores y más seguros centros de reclusión.