La riqueza no se puede medir a punta de parámetros macroeconómicos. Si lo hiciéramos así, casi un 40% de nuestros compatriotas desaparecerían del mapa frío de las cifras.
Las noticias y los comunicados oficiales hablan de crecimiento económico, de Panamá como un país dinámico que genera envidia en otras naciones de nuestro tamaño. Pero luego llega la realidad y, con ella, la necedad de la desigualdad en el acceso a la riqueza y al bienestar. ¿Cómo se pueden sentir los habitantes de un país donde el 54% de los menores de seis años ya están condenados a la pobreza?
¿Cómo nos hemos descuidado tanto para que la mortalidad infantil empeore cada año y para que las brechas sociales, educativas y culturales no parezcan tener límite? No es suficiente generar riqueza, hay que distribuirla mejor y pensar que los Objetivos del Milenio de Naciones Unidas son objetivos de esta década para Panamá. No hay determinismo en la exclusión, no hay razones objetivas que justifiquen tanta pobreza y tanta desigualdad. Para luchar contra esta irracionalidad se necesita eficiencia en el gobierno y generosidad en la sociedad.