El incidente que provocaron unos miembros de otros cultos durante la procesión de Don Bosco en la capital no debe ser interpretado como un síntoma de un fenómeno masivo.
La intolerancia a las creencias ajenas es solo una muestra de incapacidad para convivir en una sociedad plural. Pero, sí es cierto que existe tensión provocada por los que creen que lo suyo, su verdad, es lo único o lo mejor y debe ser impuesta sobre los demás –y si no, vean el empeño sostenido en la Asamblea de instaurar un mes de la Biblia–.
La intransigencia religiosa ha sido responsable de atrocidades a lo largo de la historia, y sigue siéndolo en los más graves conflictos mundiales. Actualmente, la publicación de unas caricaturas en Europa –fruto de la libertad de expresión– es respondida a punta de balas y amenazas integristas. Panamá, aunque mayoritariamente católica, es una sociedad multicultural y plurirreligiosa y eso no es un problema, sino una bendición. El futuro se abre a aquellas naciones donde la diferencia es respetada y la igualdad solo es un objetivo cuando se trata de derechos civiles.