Hoy por Hoy 2006/04/07

No se trata de defender ni de juzgar, el debate se centra en que el castigo que se impone por la supuesta comisión de un delito no puede desde ningún punto de vista convertirse en tortura. Nos enfrentamos a la existencia de recintos de máxima seguridad donde el maltrato es la norma y quien lo sufre si no enloquece, pierde la dignidad humana. La crueldad no revierte el mal ni corrige al infractor.

Muy por el contrario. La sociedad recibe nuevamente seres marcados por el abuso y la degradación; personas que ya no tienen cómo levantarse cada día y alimentar la esperanza de poder enderezar lo torcido. Si creemos en la resocialización y en la justa pena como sanción para la falta cometida, no podemos permitir que celdas de tortura y vejámenes sean el submundo real para los aislados entre rejas.

Finalmente se clausuraron las jaulas de maltrato en las prisiones masculinas. Hay que hacer lo mismo en los centros de reclusión femeninos. De inmediato.

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