El nuevo director del Sistema Penitenciario ha prometido cambios "radicales" en nuestros corruptos y desgastados centros penitenciarios. Eso ya lo hemos escuchado antes, pero esperamos que esta vez se cumpla, porque las cárceles son uno de los ejemplos más lacerantes de cómo no deberían funcionar las cosas.
Si realmente se quiere mejorar, además de sustituir a los directores de los centros, habrá que eliminar las diferencias de trato y los privilegios injustificados para los presos de primera clase; se tendrá que limpiar la corrupción desde abajo –administrativos, custodios y policías-; exigir el cumplimiento y aplicación de la Ley 55 de 2003, la modernización del sistema, y, por supuesto, pedir a la justicia que evacue la lista de pendientes para que la mayoría de los que estén en las cárceles sean los condenados y no los que esperan juicio.
El reto supone enfrentar poderosos intereses, por lo que es indispensable el apoyo del Palacio de las Garzas para erradicar de una buena vez las prácticas arraigadas de un sistema plagado de buenos negocios ilegales.