El nuevo presidente de México, Felipe Calderón, tomó posesión ayer en una ruidosa y tensa jornada. Su contrincante en las elecciones, Andrés López Obrador, no ha aceptado los resultados y su causa ha congregado a un buen número de ciudadanos. Lo cierto es que las democracias latinoamericanas están viviendo momentos críticos.
La agria disputa electoral en Ecuador, el triunfo del transformado Ortega en Nicaragua o lo que pueda ocurrir mañana en Venezuela, hablan de unos sistemas políticos que se tambalean ante sociedades que no logran salir de la pobreza y que, especialmente, se sumergen cada día más en la desigualdad. Pero la democracia es uno de los principios que no se puede negociar.
Si se da un paso atrás en el juego de la participación y el respeto a la institucionalidad, el precio será alto. Por eso es tan preocupante la terquedad de López Obrador o las afirmaciones cuasi absolutistas de Hugo Chávez. Hay que garantizar el derecho al disenso y, ante todo, la transparencia de los procesos. O en otras palabras: que las mayorías gobiernen y que las minorías importen.