La lluvia tiene una curiosa y doble cualidad: anega campos y poblados, y hace flotar algunas vergüenzas que nos cuesta aceptar.
Por ejemplo, las inundaciones de las últimas semanas nos recuerdan que hay un país invisible, casi fantasmagórico; que hay conciudadanos que viven en un lugar llamado exclusión y atendidos solo por el olvido; que nuestro Estado, que gestiona un territorio pequeño, es incapaz de llegar a los poco más de 78 mil kilómetros cuadrados y, finalmente, que una vez visibles, estas personas van a seguir con los mismos problemas de siempre.
Dicen los funcionarios más optimistas que costará años reconstruir lo que nunca se construyó, que no hay mucha información técnica sobre estos lugares y estas gentes. El prometido Plan de Concertación Nacional deberá tener en cuenta este viejo factor y nueva realidad visible: la integración de un territorio y de una ciudadanía a los que el poder político no ha mirado nunca.