La Policía Nacional tiene dos tareas inaplazables para el año que comienza. La primera, inherente a su deber ser, es demostrar con hechos concretos, y bajo el más severo respeto por los derechos de las personas, que le está ganando la guerra a la criminalidad común y organizada.
Porque la percepción entre la gente, lo dicen las últimas encuestas, es que la inseguridad está creciendo de manera alarmante ante la ineficacia de las autoridades. La otra, igual o más compleja, es depurar a la institución de oficiales y agentes involucrados en fechorías o irregularidades administrativas.
Solo con pulcritud habrá credibilidad y, por ende, confianza y colaboración de los ciudadanos para que pueda enfrentar el delito. La tarea que los altos mandos dicen realizar en forma continua, de limpiar el organismo de miembros indeseables, debe ser drástica y en todos los niveles porque cada acto de deshonestidad, por pequeño que se crea, erosiona en forma grave la moralidad institucional.
Y ello, casi siempre, es imposible de recuperar.