La indolencia de los panameños parece insuperable. Los 700 millones de dólares que destinamos el año pasado a los juegos de azar superan toda expectativa. Es dinero que sale del presupuesto familiar –no únicamente del bolsillo de los turistas, como nos quieren hacer ver– y el Estado promueve esta "industria" como la gran generadora de empleos y turismo, ignorando olímpicamente que también destruye los hogares de incontables panameños que ven en el juego su única oportunidad de tener algo en sus pobres vidas. ¡Qué ironía!
Pero el mayor descaro proviene de nuestros funcionarios –encargados de regular esta actividad– pues promocionan el "modelo panameño", exitoso como pocos, reconocen, con un cinismo repugnante; son también los primeros en protestar, con descarada desvergüenza, cuando a alguien se le ocurre regular el juego.
Si los impuestos han ayudado a detener el consumo de cigarrillos, que siega vidas, quizás también se deba considerar gravar el juego, porque es indudable que aniquila familias. ¿O es que la familia panameña vale tan poco que es preferible mantener felices, cueste lo que cueste, a los dueños de 15 casinos?