Los problemas en la red vial de la ciudad de Panamá son solo la punta del iceberg. El desarrollo inmobiliario acelerado, la concesión de permisos sin tomar medidas que mitiguen el impacto de las obras, la dispersión en la fiscalización oficial y el espejismo de la inversión que nos salvará de la pobreza, están conformando una trampa al futuro de la capital. No se trata solo de la Avenida Balboa tambaleándose, o de los colapsos del tráfico en cualesquiera de las arterias principales de la urbe, hablamos de los problemas con el suministro de agua potable, los olores del alcantarillado o los servicios públicos en general. El país invirtió millones de dólares en un plan de desarrollo urbano a finales de los 90, se habla permanentemente de planificación, pero la sensación es que el papel del Estado se está quedando en el de multar cuando el daño está hecho o en el de culpar a otros de lo que es su responsabilidad. El tema, aunque no parezca tan importante como lo relacionado con el Carnaval, es clave para garantizar la calidad de vida.
Hoy por Hoy 2007/02/24
24 feb 2007 - 05:00 AM