A los diputados de la Asamblea Nacional se les ha confiado una tarea por la que han demostrado un supino desprecio. No desperdician ocasión para renunciar indefectiblemente a su labor de vigilar el comportamiento moral y profesional de importantes cargos en otros órganos del Estado. Su compromiso con la verdad, la justicia y la equidad ciudadana es completamente nulo, lo cual revela un comportamiento tan poco ético como el de los servidores a los que deberían investigar.
La necedad de su actitud resulta aun peor porque si nunca han pretendido hacer esa labor, al menos deberían permitir que otros la hicieran. De esta forma evitarían que las conductas y hechos denunciados se mantengan en la que ya parece una eterna e invencible impunidad.
La probidad no se demuestra mirando hacia otro lado cuando la mala praxis o la conducta ética de los funcionarios embisten el sistema. Asumir las responsabilidades con valentía e integridad haría valer algo el título de honorables que tanto exigen. De lo contrario, seguirán sumidos en el desprestigio que mucho les incomoda, pero al que no renuncian.