Si hay una institución cuya presencia se reclama con mayor frecuencia es la Autoridad Nacional del Ambiente (Anam). Y las razones son bastante obvias: es el apetito voraz de ambiciosos inversionistas que sin mucho escrúpulo pretenden hacer dinero sin importar a quiénes atropellan o perjudican en el intento. ¿Cuándo entenderán los funcionarios de esta institución que su papel es ser custodios de recursos perecederos?
El progreso debe estar en armonía con la conservación y preservación de nuestra riqueza ambiental, de manera que su papel, precisamente, es mantener ese equilibrio. En consecuencia, la Anam no debe convertirse en una institución de mero trámite, por aquello de que es ella la que aprueba los estudios de impacto ambiental.
Todos esperamos que intervenga con la autoridad que le otorga y le ha confiado el Estado en los casos que últimamente han aparecido en los medios de comunicación. El país necesita creer en sus instituciones y esta es la oportunidad que tiene la Anam de hacernos ver que estamos en buenas manos.