La realidad de un niño o de un adolescente portador del virus o enfermo de sida no es en nada comparable a la de un adulto. Saberse afectado por esta enfermedad puede tener consecuencias devastadoras para ellos, no solo porque la adolescencia es esa edad en la que uno descubre quién es o qué ser, sino porque sus pares pueden ser crueles. Por ello, no basta pagar un tratamiento.
Ello intenta asegurar la mera existencia, ¿pero acaso garantiza la calidad de vida que merecen? Ganarle a la enfermedad no basta, es apenas el comienzo. Estos jóvenes necesitan superar la depresión; sentirse protegidos y amparados; ser parte importante de la familia, de la escuela, de un círculo de amigos. Ignorar esto es darles la espalda, mirar hacia otro lado, prolongar un sufrimiento.
Las autoridades tienen metas que cumplir en este doloroso asunto. No pueden seguir siendo insensibles observadores de una realidad que está consumiendo el pequeño mundo de los jóvenes, y que implica más que la triple terapia.