Este país nuestro algunas veces vive de ficciones político-sociales que momentáneamente nos reconfortan y hasta calman la ansiedad, para permitirnos seguir sobreviviendo en un sistema democrático disfuncional. Al filo de tener a Noriega de regreso al terruño, surgen las dudas de la capacidad del sistema judicial de darle cabida a un criminal de alto perfil, pues la historia de corrupción vernácula ya ha demostrado que los delincuentes encumbrados irremediablemente encuentran cómodas vías alternas para salir bien librados.
La misma desconfianza existe con los jueces del más alto tribunal de justicia panameño, quienes solo pueden ser juzgados por otro órgano de igual jerarquía constitucional, pero que irremisiblemente también supedita su deber al amiguismo y a la complacencia politiquera.
Y finalmente, el poder ejecutivo cabecea plácidamente mientras el país pierde el rumbo en temas críticos como el transporte, la salud y las moles de concreto que se nos vienen encima, sin ley ni orden. Tal parece que los tres órganos del Estado están trabajando en armónica colaboración para que Panamá no avance. ¿Lo vamos a permitir?